domingo, 21 de agosto de 2011

Era yo

Era yo.
Sumergido en lo profundo de aquélla situación, con los ojos bien abiertos como si mirara algo sorprendente o fabuloso, con una sombra caminando por mi pecho buscando un poco de calor que pueda protegerla del frío que lastimaba mi cara.
Queridos amigos, era yo, delimitando la línea entre lo virtual, subconciente y aparentemente verdadero y vivído, diviéndome en fracciones para desmenuzar los vagos recuerdos y los insistentes pensamientos que provocaron aullidos en los latidos de mi corazón.
Ya me había levantado del sillón, ya había recordado una vez más, lo que tan presente tengo y no tengo día a día... Ah! Esa duda y desilusión resonante en las entrañas de mi fatigación y acelero cardíaco, ¡que tan insinuante y presagioso se presentaba esta nueva senda! en los retoques de mis días, esperando un invierno por demás frío pero por demás abrigador, invierno que cumplió su palabra y amenaza a medias, invierno que hoy provoca el congelamiento pulmonar de la desmotivada desilusión vacía que me agobia a la continuidad de seguir sin un claro aparente en la nebulosa de engranajes y metales que no paran su marcha bajo mi corteza cerebral.
Pero bueno, decía que era yo, era en verdad yo, aquél que bajaba y subía las escaleras de esa terminal, impulsado por un poco de vino junto a tres bebidas personas de fuertes lazos para conmigo, pasamos las vías del tren, subimos al micro, vimos y ví como de un lado estaba toda la movilización entre las grandes estructuras grises, y del otro lado, todo blanco amigos, no había nada mas, como si fuera el costado del mundo, el último borde antes de llegar a la nada, o mejor dicho lo que se veía era la nada, era el final del sueño, el final de mi corteza cerebral, quizás ese muro blanco era mi cabeza desde adentro.
Llegamos a destino, sin saber cuál era, la densa y graciosa conversación sin sentido en el kiosco de las bebidas indecisas, encantamos con nuestro ensordecedor griterío de euforía como exaltados descubridores del mundo nuevo a todo el suburbio lleno de gente tirada como si no fueran personas, despojados de sus sueños y de sus anhelos, entre papeles de diarios que volaban dando una imagen triste de aquéllas almas apagadas a la merced del barullo.
Esquivamos el micro, volvimos en la carroza de cuentos, que un caballo blanco empujaba, seguramente hinchado las bolas de hacer el mismo pelotudo camino una y otra vez con un dueño que se llenaba los bolsillos tirándole las riendas. Por un momento olvidé a mis hermanos de labios morados y ensordecedora locura gritona, y estaba solo en ese carruaje, pensando en todo y en nada a la vez, sintiendo ese frío en mi cara como un regalo de tranquilidad, una pausa a lo que día a día tengo y no tengo presente, en el recuerdo subconciente de mis entrañas con el corazón y sus latidos cardíacos a destiempo y fuera de ritmo.
Era yo, el que a su vez en esa soledad morada y pacífica que diera tregua a aquellos vasos que nunca se llenaron ausentes de respuesta a mi insinuación, se llenaba el cráneo de voces dulces y tiernas de palabras cariñosas y comentarios afortunadamente emitidos por personas queridas que entienden y soportan los desvaríos de éste protagonista que no se cansa de afirmar que era él mismo que escuchaba sus voces de dulces presagios y justificados juicios a dicho dolor.
Pero, entre tanta voz dulce y bien aventurada se esbozaban esos despojos de imágenes de pelicula muda, no por vieja sino por silenciosa, de aquélla situación que provoca confusión en el nexo de mi espiritualidad y mi físico parte de esta esfera.
De pronto los volvi a ver, era yo el que estaba bajando de la carroza con mis hermanos de labios morados, encendidos como una fugaz locura de enternecedora maldad con afán de voltear todo al paso, con los ojos bien abiertos, mirando perdidamente todo alrededor, sin perder detalle y sin saber que detalle mirar exactamente, fingiendo en broma una especie de suicidio mal actuado, que nadie creería jamas pero aún así reimos para no olvidar la sintonía de ese viento fugaz que éramos todos unidos por un lazo.
Era yo, el que miraba todo desde la profundidad de esa sonrisa macabra rememorando los momentos que sólo se rememoran porque dejan alguna marca importante, era yo el que delimitada la virtualidad de la realidad de ese sueño y tratando de entender lo que fue y lo que no fue, lo que por algo pasó y lo que por algo no pasó pero ahora creía que había pasado porque esos engranajes dieron cuerda a tanta historia enredada con la realidad.
No se preocupen, ni sientan pena por su protagonista y narrador, queridos amigos, pués él entre la macabra sonrisa y los engranajes que giran incansablemente sigue sin entender verdaderamente episodios de la esfera, pero aún siente fuerzas para volver a mirar a esa nada, a ese borde, a esa finalización en blanco del mundo, aún siente fuerzas para acercarse y juguetear a su límite, deslúmbrandose con conocer qué hay detrás del telón blanco, porque se qué si bien es la nada, encierra un todo. Era yo el que sigue pensándola entre las cosas que día a día tiene y no tiene, y extraña el tenerla y no tenerla a la vez, era yo el que estaba refugiado en la mística travesía que no fué pero fue a la vez con sus hermanos de labios morados. Era yo el del viento frío en la cara sintiendo esa paz que era un grito urgente, era yo el que se levantaba de la cama acariciando la sombra del pecho que se enredaba sobre el colchón para seguir durmiendo, era yo el que había viajado tan lejos a descansar. Oh, si, era yo.


3 comentarios:

Eleanor Smith # dijo...

Todos necesitamos descansar. Sin lugar a dudas *

Un beso o 2 #

Marián dijo...

PRECIOSÍSIMO TEXTO.

El insomnio...y quizás haber leído recientemente a Borges te ha trasladado a ese mundo onírico...has bebido una de las pócimas de Alicia...y lo has visto todo con detalle y gran nitidez...has sacado al artista colosal que llevas encima (o por debajo) Creo que has hecho una pieza literaria preciosa.
Un beso.

Anónimo dijo...

Glorioso Tú !
Un beso Facuz soy Gitana